sábado, 14 de junio de 2014
viernes, 13 de junio de 2014
jueves, 12 de junio de 2014
martes, 3 de junio de 2014
viernes, 2 de mayo de 2014
martes, 29 de abril de 2014
lunes, 28 de abril de 2014
pero mira nomas que tortas OH SE VEN TAN DELICIOSAS
están muy buenas sus garnachas
pero quiero echar bailón
quiere su chorizo en papas
o en barras de camarón
pero quiero echar bailón
quiere su chorizo en papas
o en barras de camarón
yo quiero que me des, que me des papaya
no sé y no me importa con quien te hayas metido
pero ese culo parece radioactivo
no quiero ser vh positivo
por eso me pongo doble preservativo
y es que me gusta tu pelo rubio
pero ese culo parece radioactivo
no quiero ser vh positivo
por eso me pongo doble preservativo
y es que me gusta tu pelo rubio
que a veces contigo me pongo muy duro
viernes, 25 de abril de 2014
The Knobbit
Primer capítulo de la serie de The Knobbit, parodía pornográfica de la película de El Hobbit dirigida por Peter Jackson, en donde los personajes han sido rebautizados para la ocasión con nombres como Dildo, Glandalf y Ball'em. ver video aquí
jueves, 24 de abril de 2014
Bienvenida al país de la lujuría
Soñé que andaba por jardines lubricados
y que llegaba a una zona obscura.
Me recibió una mujer desnuda.
Bienvenida al país de la lujuria.
y que llegaba a una zona obscura.
Me recibió una mujer desnuda.
Bienvenida al país de la lujuria.
Y me llevó por los caminos de deseo
por muchas caras y por muchos cuerpos.
por muchas caras y por muchos cuerpos.
En la sala amarilla se veían
tres cuerpos que se amaban y gritaban.
Estar así era lo que yo quería.
tres cuerpos que se amaban y gritaban.
Estar así era lo que yo quería.
La sala blanca era sala llena.
Cuerpos unidos en sudor y esencia
Cuerpos unidos en sudor y esencia
miércoles, 23 de abril de 2014
martes, 22 de abril de 2014
lunes, 21 de abril de 2014
domingo, 20 de abril de 2014
viernes, 18 de abril de 2014
jueves, 17 de abril de 2014
tremenda SUCIAAA
Las sucias de las calles
son bien rica rica
yo le digo mami
tremenda
salpica
TOMATELO PEPE TOMATELOO
(dale sucia, sucia, sucia)
miércoles, 16 de abril de 2014
besa mi pene y acepta el sufrimiento
Despierta mis instintos,
intimida mi cuerpo,
introduce mi pene
en tu garganta,
Mueve perra
You let me violate you, you let me penetrate you
I wanna fuck you like an animal
I wanna feel you from the inside
I WANNA FUCK YOU LIKE AN ANIMAL!!!!!!!!!!!
Violación Violación
El
médico estaba haciendo una especie de prueba. Consistía en una triple
extracción de sangre, la segunda diez minutos después de la primera, la
tercera diez minutos más tarde. Ya me habían hecho las dos primeras
extracciones y yo estaba dando vueltas por la calle, esperando que
pasaran los quince minutos para volver. Allí en la calle, vi que había
una mujer sentada en la parada del autobús, al otro lado. De los
millones de mujeres que ves, aparece de pronto una que te impresiona.
Hay algo en sus formas, en cómo está hecha, en el vestido concreto que
lleva, algo, a lo que no puedes sobreponerte. Tenía un cruce de piernas
espectacular, y llevaba un vestido amarillo claro. Las piernas
terminaban en unos finos y delicados tobillos, pero tenía unas
magníficas pantorrillas y unas nalgas y unos muslos espléndidos. Y en la
cara aquella expresión juguetona, como si estuviese riéndose de mí,
pero intentando ocultarme algo.
Bajé hasta el semáforo, crucé la calle. Fui hacia ella, hacia el banco de la parada del autobús. Era como un trance. No podía controlarme. Cuando me acercaba, se levantó y se alejó calle abajo. Aquel trasero me hechizó, me hizo perder el juicio. Fui tras ella embrujado por el tintineo de sus tacones, devorando su cuerpo con los ojos.
¿Qué demonios me pasa? pensé. He perdido el control."Me da igual", me contestó algo.
Llegó a una oficina de correos y entró. Entré detrás de ella. En la cola había cuatro o cinco personas. Era una tarde agradable y cálida. Todos parecían como sonámbulos. Yo, desde luego, lo estaba.
Estoy a unos centímetros de ella, pensé. Podría tocarla con la mano.
Recogió un giro postal de siete dólares ochenta y cinco. Escuché su voz. Hasta su voz parecía brotar de una máquina sexual especial. Salió. Yo compré una docena de postales aéreas que no quería. Luego salí apresuradamente detrás. Ella esperaba el autobús y el autobús llegaba. Conseguí entrar detrás de ella. Luego encontré asiento justo detrás. Recorrimos una larga distancia. Ella debe darse cuenta de que estoy siguiéndola, pensé. Sin embargo, no parece incómoda. Tenía el pelo amarillo rojizo. Todo era fuego a su alrededor.
Debíamos llevar recorridos de cinco a seis kilómetros. De pronto se levantó y apretó el botón. Vi cómo se alzaba su ceñido vestido por todo su cuerpo al estirarse a pulsar el botón. Dios mío, no puedo soportarlo, pensé.
Salió por la puerta de delante y yo por la de atrás. Dobló la esquina a la derecha y la seguí. Nunca miraba atrás. Era una zona de casas de apartamentos. Tenía un aspecto más espléndido que nunca. Una mujer como aquélla no debería andar por la calle. Luego entró en un sitio llamado «Hudson Arms». Me quedé fuera mientras ella esperaba el ascensor. La vi entrar. La puerta se cerró y entonces entré yo y me quedé a la puerta del ascensor. Lo oí subir, oí abrirse las puertas, la oí salir. Cuando pulsé el botón, lo oí bajar e hice un cálculo de los segundos:
Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis...
Cuando llegó abajo, yo había calculado dieciocho segundos de descenso.
Entré y apreté el botón del último piso, el cuarto. Luego conté. Cuando llegué a la cuarta planta habían pasado veinticuatro segundos. Eso significaba que ella estaba en la tercera planta. En alguna de las puertas. Di al tercero. Seis segundos. Salí.
Había allí muchos apartamentos. Pensando que sería demasiado fácil que estuviese en el primero, prescindí de él y llamé al segundo.
Abrió la puerta un hombre calvo, con camiseta y tirantes.
—Soy de la Empresa de Seguros de Vida Concord. ¿Tienen ustedes hecho su seguro de vida?
—Lárguese —dijo Calvo, y cerró la puerta.
Probé en la siguiente puerta. Abrió una mujer de unos cuarenta y ocho, gorda, muy arrugada.
—Soy de la Empresa de Seguros Concord. ¿Tienen hecho su seguro de vida, señora?
—Pase por favor, caballero —dijo ella.
Entré.
—Escuche —dijo—, mi niño y yo estamos muriéndonos de hambre. Mi marido cayó muerto en la calle hace dos años. Muerto en la calle, se quedó el pobre. No puedo vivir con ciento noventa dólares al mes. Mi hijo pasa hambre. ¿Tiene usted algo de dinero para que pueda comprarle a mi hijo un huevo?
La miré de arriba abajo. El chico estaba de pie en el centro de la habitación, sonriendo. Era un arrapiezo muy alto, de unos doce años y un poco subnormal. No dejaba de sonreír.
Le di un dólar a la mujer.
—¡Oh, gracias, señor! ¡Muchas gracias!
Me rodeó con sus brazos, me besó. Tenía la boca húmeda, acuosa, fofa. Luego me metió la lengua en la boca. Casi vomito Era una lengua gorda, llena de saliva. Tenía pechos muy grandes, muy blandos, tipo bizcocho. Me aparté.
—Oiga, ¿nunca ha estado solo? ¿No necesita una mujer? Soy una mujer buena y limpia, de veras. Conmigo no cogerá ninguna enfermedad, no se preocupe.
—Mire, tengo que irme —dije. Salí de allí.
Probé en otras tres puertas. Sin suerte.
Luego, en la cuarta puerta apareció ella. Abrió unos diez centímetros. Me eché hacia delante y empujé. Cerré la puerta después de entrar. Era un lindo apartamento. Ella se quedó allí plantada mirándome. ¿Cuándo chillará? pensé. Tenía aquella cosa larga frente a mí.
Me acerqué a ella, la agarré por el pelo y por el culo y la besé.
Ella me empujó, rechazándome. Aún llevaba puesto aquel vestido amarillo tan ceñido. Retrocedí y la abofeteé, con fuerza, cuatro veces. Cuando volví a cogerla, la resistencia fue menor. Fuimos tambaleándonos por el piso, Le rasgué el vestido por el cuello, le rompí toda la pechera, le arranqué el sostén. Eran unos pechos inmensos. Volcánicos. Los besé. Luego llegué a la boca. Le había levantado el vestido y estaba trabajando con las bragas. De pronto, cayeron. Y yo la tenía dentro. La atravesé allí mismo, de pie. Después de hacerlo, la tiré de espaldas en el sofá. Su coño me miraba. Aún era tentador.
—Vete al baño —le dije—. Límpiate.
Fui a la nevera. Había una botella de buen vino. Busqué dos vasos. Serví dos tragos. Luego ella salió y le di un vaso. Me senté en el sofá a su lado.
—¿Cómo te llamas?
—Vera.
—¿Te gustó?
—Sí. Me gusta que me violen. Sabía que estabas siguiéndome. Te esperaba. Cuando subí en el ascensor sin ti, creí que habías perdido el valor. Sólo me habían violado una vez. A las mujeres guapas nos resulta muy difícil conseguir un hombre. Todo el mundo piensa que somos inaccesibles. Es un infierno.
—Pero con la pinta que tienes y como vistes... ¿Te das cuenta de que torturas a los hombres por la calle?
—Sí. Quiero que la próxima vez utilices el cinturón.
—¿El cinturón?
—Sí, que me azotes, en el culo, en los muslos, en las piernas, que me hagas daño y luego que me la metas. ¡Dime que vas a violarme!
—De acuerdo, te pegaré, te violaré.
La agarré por el pelo, la besé violentamente, la mordí el labio.
—¡Jódeme! —dijo ella—. ¡Jódeme!
—Espera —dije—, ¡tengo que descansar!
Me bajó la cremallera y sacó el pene.
—¡Qué hermoso es! ¡Así todo rosado y doblado!
Lo metió en la boca. Empezó a trabajar. Lo hacía muy bien.
—¡Oh, mierda! —dije—. ¡Oh, mierda!
Me tenía enganchado. Estuvo trabajando sus buenos seis o siete minutos y luego el aparato empezó a bombear. Clavó los dientes justo debajo del capullo y me sorbió el tuétano.
—Escucha —dije—, parece como si hubiese estado aquí toda la noche. Creo que voy a necesitar recuperar fuerzas. ¿Qué te parece si tomo un baño mientras tú preparas algo de comer?
—De acuerdo —dijo.
Entré en el baño. Solté el agua caliente. Cerré la puerta. Colgué la ropa en la manilla.
Me di un buen baño caliente y luego salí con una toalla por encima.
Justo cuando salía, entraban dos polis.
—¡Ese hijo de puta me violó! —les decía ella.
—¡Un momento, un momento! —dije.
—Vístase, amigo —dijo el poli más grande.
—Oye, Vera, esto es una broma o qué.
—¡No, tú me violaste! ¡Me violaste! ¡Y luego me obligaste a hacerlo con la boca!
—Vístase amigo —dijo el poli grande—. ¡Que no tenga que repetirlo!
Entré en el baño y empecé a vestirme. Cuando salí me pusieron las esposas.
Vera lo dijo otra vez:
—¡Violador!
Bajamos en el ascensor. Cuando cruzábamos el vestíbulo, varias personas me miraron. Vera se había quedado en su apartamento. Los polis me metieron violentamente en el asiento de atrás.
—¿Pero qué le pasa, amigo? —preguntó uno de ellos—. ¿Por qué arruinó su vida por un polvo? Es un disparate.
—No fue exactamente una violación —dije.
—Pocas lo son.
—Sí —dije—. Creo que tiene razón.
Pasé por el papeleo. Luego me metieron en una celda.
Confían sólo en la palabra de una mujer, pensé. ¿Dónde está la igualdad?
Luego pensé: ¿La violaste tú a ella o te violó ella a ti?
No lo sabía.
Por fin me dormí. Por la mañana me dieron uvas, gachas de maíz, café y pan. ¿Uvas? Un sitio con verdadera clase. Sí.
Quince minutos después abrieron la puerta.
—Tienes suerte, Bukowski, la señora retiró las acusaciones.
—¡Magnífico! ¡Magnífico!
—Pero cuidadito con lo que haces.
—¡Claro, claro!
Recogí mis cosas y salí de allí. Cogí el autobús, hice transbordo, me bajé en la zona de casas de apartamentos y por fin me vi frente al «Hudson Arms». No sabía qué hacer. Debí estar allí unos veinticinco minutos. Era sábado. Probablemente ella estuviese en casa. Fui hasta el ascensor, entré y apreté el botón del tercer piso. Salí. Llamé a la puerta. Apareció ella. Entré.
—Tengo otro dólar para su chico —dije.
Lo cogió.
—¡Oh, gracias! ¡Muchas gracias!
Pegó su boca a la mía. Fue como una ventosa de goma húmeda. Apareció la lengua gorda. La chupé. Luego le alcé el vestido. Tenía un culo grande y lindo. Mucho culo. Bragas azules anchas con un agujerito en el lado izquierdo. Estábamos enfrente de un espejo de cuerpo entero. Agarré aquel gran culo y luego metí la lengua en aquella boca-ventosa. Nuestras lenguas se enredaron como serpientes locas. Tenía frente a mí algo grande.
El hijo idiota estaba de pie en el centro de la habitación y nos sonreía.
Bajé hasta el semáforo, crucé la calle. Fui hacia ella, hacia el banco de la parada del autobús. Era como un trance. No podía controlarme. Cuando me acercaba, se levantó y se alejó calle abajo. Aquel trasero me hechizó, me hizo perder el juicio. Fui tras ella embrujado por el tintineo de sus tacones, devorando su cuerpo con los ojos.
¿Qué demonios me pasa? pensé. He perdido el control."Me da igual", me contestó algo.
Llegó a una oficina de correos y entró. Entré detrás de ella. En la cola había cuatro o cinco personas. Era una tarde agradable y cálida. Todos parecían como sonámbulos. Yo, desde luego, lo estaba.
Estoy a unos centímetros de ella, pensé. Podría tocarla con la mano.
Recogió un giro postal de siete dólares ochenta y cinco. Escuché su voz. Hasta su voz parecía brotar de una máquina sexual especial. Salió. Yo compré una docena de postales aéreas que no quería. Luego salí apresuradamente detrás. Ella esperaba el autobús y el autobús llegaba. Conseguí entrar detrás de ella. Luego encontré asiento justo detrás. Recorrimos una larga distancia. Ella debe darse cuenta de que estoy siguiéndola, pensé. Sin embargo, no parece incómoda. Tenía el pelo amarillo rojizo. Todo era fuego a su alrededor.
Debíamos llevar recorridos de cinco a seis kilómetros. De pronto se levantó y apretó el botón. Vi cómo se alzaba su ceñido vestido por todo su cuerpo al estirarse a pulsar el botón. Dios mío, no puedo soportarlo, pensé.
Salió por la puerta de delante y yo por la de atrás. Dobló la esquina a la derecha y la seguí. Nunca miraba atrás. Era una zona de casas de apartamentos. Tenía un aspecto más espléndido que nunca. Una mujer como aquélla no debería andar por la calle. Luego entró en un sitio llamado «Hudson Arms». Me quedé fuera mientras ella esperaba el ascensor. La vi entrar. La puerta se cerró y entonces entré yo y me quedé a la puerta del ascensor. Lo oí subir, oí abrirse las puertas, la oí salir. Cuando pulsé el botón, lo oí bajar e hice un cálculo de los segundos:
Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis...
Cuando llegó abajo, yo había calculado dieciocho segundos de descenso.
Entré y apreté el botón del último piso, el cuarto. Luego conté. Cuando llegué a la cuarta planta habían pasado veinticuatro segundos. Eso significaba que ella estaba en la tercera planta. En alguna de las puertas. Di al tercero. Seis segundos. Salí.
Había allí muchos apartamentos. Pensando que sería demasiado fácil que estuviese en el primero, prescindí de él y llamé al segundo.
Abrió la puerta un hombre calvo, con camiseta y tirantes.
—Soy de la Empresa de Seguros de Vida Concord. ¿Tienen ustedes hecho su seguro de vida?
—Lárguese —dijo Calvo, y cerró la puerta.
Probé en la siguiente puerta. Abrió una mujer de unos cuarenta y ocho, gorda, muy arrugada.
—Soy de la Empresa de Seguros Concord. ¿Tienen hecho su seguro de vida, señora?
—Pase por favor, caballero —dijo ella.
Entré.
—Escuche —dijo—, mi niño y yo estamos muriéndonos de hambre. Mi marido cayó muerto en la calle hace dos años. Muerto en la calle, se quedó el pobre. No puedo vivir con ciento noventa dólares al mes. Mi hijo pasa hambre. ¿Tiene usted algo de dinero para que pueda comprarle a mi hijo un huevo?
La miré de arriba abajo. El chico estaba de pie en el centro de la habitación, sonriendo. Era un arrapiezo muy alto, de unos doce años y un poco subnormal. No dejaba de sonreír.
Le di un dólar a la mujer.
—¡Oh, gracias, señor! ¡Muchas gracias!
Me rodeó con sus brazos, me besó. Tenía la boca húmeda, acuosa, fofa. Luego me metió la lengua en la boca. Casi vomito Era una lengua gorda, llena de saliva. Tenía pechos muy grandes, muy blandos, tipo bizcocho. Me aparté.
—Oiga, ¿nunca ha estado solo? ¿No necesita una mujer? Soy una mujer buena y limpia, de veras. Conmigo no cogerá ninguna enfermedad, no se preocupe.
—Mire, tengo que irme —dije. Salí de allí.
Probé en otras tres puertas. Sin suerte.
Luego, en la cuarta puerta apareció ella. Abrió unos diez centímetros. Me eché hacia delante y empujé. Cerré la puerta después de entrar. Era un lindo apartamento. Ella se quedó allí plantada mirándome. ¿Cuándo chillará? pensé. Tenía aquella cosa larga frente a mí.
Me acerqué a ella, la agarré por el pelo y por el culo y la besé.
Ella me empujó, rechazándome. Aún llevaba puesto aquel vestido amarillo tan ceñido. Retrocedí y la abofeteé, con fuerza, cuatro veces. Cuando volví a cogerla, la resistencia fue menor. Fuimos tambaleándonos por el piso, Le rasgué el vestido por el cuello, le rompí toda la pechera, le arranqué el sostén. Eran unos pechos inmensos. Volcánicos. Los besé. Luego llegué a la boca. Le había levantado el vestido y estaba trabajando con las bragas. De pronto, cayeron. Y yo la tenía dentro. La atravesé allí mismo, de pie. Después de hacerlo, la tiré de espaldas en el sofá. Su coño me miraba. Aún era tentador.
—Vete al baño —le dije—. Límpiate.
Fui a la nevera. Había una botella de buen vino. Busqué dos vasos. Serví dos tragos. Luego ella salió y le di un vaso. Me senté en el sofá a su lado.
—¿Cómo te llamas?
—Vera.
—¿Te gustó?
—Sí. Me gusta que me violen. Sabía que estabas siguiéndome. Te esperaba. Cuando subí en el ascensor sin ti, creí que habías perdido el valor. Sólo me habían violado una vez. A las mujeres guapas nos resulta muy difícil conseguir un hombre. Todo el mundo piensa que somos inaccesibles. Es un infierno.
—Pero con la pinta que tienes y como vistes... ¿Te das cuenta de que torturas a los hombres por la calle?
—Sí. Quiero que la próxima vez utilices el cinturón.
—¿El cinturón?
—Sí, que me azotes, en el culo, en los muslos, en las piernas, que me hagas daño y luego que me la metas. ¡Dime que vas a violarme!
—De acuerdo, te pegaré, te violaré.
La agarré por el pelo, la besé violentamente, la mordí el labio.
—¡Jódeme! —dijo ella—. ¡Jódeme!
—Espera —dije—, ¡tengo que descansar!
Me bajó la cremallera y sacó el pene.
—¡Qué hermoso es! ¡Así todo rosado y doblado!
Lo metió en la boca. Empezó a trabajar. Lo hacía muy bien.
—¡Oh, mierda! —dije—. ¡Oh, mierda!
Me tenía enganchado. Estuvo trabajando sus buenos seis o siete minutos y luego el aparato empezó a bombear. Clavó los dientes justo debajo del capullo y me sorbió el tuétano.
—Escucha —dije—, parece como si hubiese estado aquí toda la noche. Creo que voy a necesitar recuperar fuerzas. ¿Qué te parece si tomo un baño mientras tú preparas algo de comer?
—De acuerdo —dijo.
Entré en el baño. Solté el agua caliente. Cerré la puerta. Colgué la ropa en la manilla.
Me di un buen baño caliente y luego salí con una toalla por encima.
Justo cuando salía, entraban dos polis.
—¡Ese hijo de puta me violó! —les decía ella.
—¡Un momento, un momento! —dije.
—Vístase, amigo —dijo el poli más grande.
—Oye, Vera, esto es una broma o qué.
—¡No, tú me violaste! ¡Me violaste! ¡Y luego me obligaste a hacerlo con la boca!
—Vístase amigo —dijo el poli grande—. ¡Que no tenga que repetirlo!
Entré en el baño y empecé a vestirme. Cuando salí me pusieron las esposas.
Vera lo dijo otra vez:
—¡Violador!
Bajamos en el ascensor. Cuando cruzábamos el vestíbulo, varias personas me miraron. Vera se había quedado en su apartamento. Los polis me metieron violentamente en el asiento de atrás.
—¿Pero qué le pasa, amigo? —preguntó uno de ellos—. ¿Por qué arruinó su vida por un polvo? Es un disparate.
—No fue exactamente una violación —dije.
—Pocas lo son.
—Sí —dije—. Creo que tiene razón.
Pasé por el papeleo. Luego me metieron en una celda.
Confían sólo en la palabra de una mujer, pensé. ¿Dónde está la igualdad?
Luego pensé: ¿La violaste tú a ella o te violó ella a ti?
No lo sabía.
Por fin me dormí. Por la mañana me dieron uvas, gachas de maíz, café y pan. ¿Uvas? Un sitio con verdadera clase. Sí.
Quince minutos después abrieron la puerta.
—Tienes suerte, Bukowski, la señora retiró las acusaciones.
—¡Magnífico! ¡Magnífico!
—Pero cuidadito con lo que haces.
—¡Claro, claro!
Recogí mis cosas y salí de allí. Cogí el autobús, hice transbordo, me bajé en la zona de casas de apartamentos y por fin me vi frente al «Hudson Arms». No sabía qué hacer. Debí estar allí unos veinticinco minutos. Era sábado. Probablemente ella estuviese en casa. Fui hasta el ascensor, entré y apreté el botón del tercer piso. Salí. Llamé a la puerta. Apareció ella. Entré.
—Tengo otro dólar para su chico —dije.
Lo cogió.
—¡Oh, gracias! ¡Muchas gracias!
Pegó su boca a la mía. Fue como una ventosa de goma húmeda. Apareció la lengua gorda. La chupé. Luego le alcé el vestido. Tenía un culo grande y lindo. Mucho culo. Bragas azules anchas con un agujerito en el lado izquierdo. Estábamos enfrente de un espejo de cuerpo entero. Agarré aquel gran culo y luego metí la lengua en aquella boca-ventosa. Nuestras lenguas se enredaron como serpientes locas. Tenía frente a mí algo grande.
El hijo idiota estaba de pie en el centro de la habitación y nos sonreía.
martes, 15 de abril de 2014
lunes, 14 de abril de 2014
domingo, 13 de abril de 2014
Me huele el pito a canela
trabajo en el gremio
de la prostitución
yo vivo de la calle
del sexo vivo yo
y me huele el pito a canela!
me huele el pito a canela!
me huele el pito a canela!
inexplicable suceso
por más que me lave
no se le va el olor
y me huele el pito a canela!
me huele el pito a canela!
me huele el pito a canela!
quiero ser un master
en derecho internacional
he pedido una beca
y sirvo copas en un bar
y me huele el pito a canela!
me huele el pito a canela!
me huele el pito a canela!
(te huele el chocho a vainilla!!)
y me huele el pito a canela!
me huele el pito a canela!
me huele el pito a canela!!!!!!
viernes, 11 de abril de 2014
El iluminado
"Si tú quieres masticar
las pelotas de tarzán,
las pelotas de tarzán,
te tendrás que agachar
mi miembro te alumbrará."
mi miembro te alumbrará."
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